🌿 Ucronía 1767
Crónicas de un tiempo que pudo haber sido
Prólogo del cronista invisible
Hubo un año, 1767, en que las entrañas del reino se agitaron. Carlos III, monarca ilustrado y ambicioso, trazó con pluma firme un plan para poblar los desiertos del sur con gentes venidas de otras tierras: alemanes, flamencos, suizos, franceses... hombres y mujeres cansados de guerras, hambrunas y persecuciones, que cruzaron Europa persiguiendo promesas de tierra, pan y paz.
Esa parte es historia. Documentada, escrita, contada.
Pero esta otra —la que aquí se relata— es ucronía: un juego serio, una memoria inventada, un espejo alternativo en el que, si los hechos hubieran tenido a su favor las redes sociales, los correos inmediatos, los diarios íntimos públicos y la inmediatez de lo digital, la colonización de Sierra Morena y Andalucía habría sonado como un rumor viral, una llamada compartida, una gesta contada en directo por sus propios protagonistas.
Este espacio, amable lector, recoge las crónicas imaginadas de aquellos colonos y sus vivencias. No es historia estricta ni novela convencional. Es una colección de voces que reviven, desde la sensibilidad del siglo XXI, la epopeya olvidada del XVIII.
Cada semana, uno de estos personajes hablará desde su presente ficcionado. No será siempre amable. No será siempre justo. Pero será, si acaso, más humano que cualquier dato frío.
📜 Capítulo I – El Encargo Real
Madrid, abril de 1767
Narrado por el cronista invisible
En la quietud palaciega del Real Sitio de El Pardo, un rey medita. Carlos III, hombre de nariz aguileña, alma ilustrada y ojos clavados en los mapas, escucha con gesto grave a sus ministros. Andalucía arde en su desamparo: tierras fértiles, pero vacías; caminos tomados por salteadores; sierras sin nombre donde la ley apenas asoma. Es preciso poblar. Y no con cualquiera, sino con gentes de orden, de trabajo, de fe.
Es entonces cuando surge un nombre: Johann Kaspar von Thürriegel, bávaro de verbo ágil, militar de fortuna, sabueso de oportunidades. Se le llama. Se le ofrece oro, rango y gloria… a cambio de una misión titánica: buscar en los estados alemanes, flamencos, suizos y saboyanos a hombres y mujeres dispuestos a cruzar media Europa para fundar un nuevo mundo en el sur de España.
Thürriegel acepta. No por patria —él no tiene patria—, sino por ese oscuro brillo de los ambiciosos que intuyen las mareas antes que nadie.
Redactan una contrata. He aquí sus condiciones esenciales:
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Solo serán admitidos católicos romanos.
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Han de ser artesanos, labradores, oficios útiles.
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Se les promete una casa, tierras de labor, ganado, semillas y herramientas, todo por cuenta del Rey.
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Estarán exentos de impuestos durante diez años.
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Se les facilitará el viaje completo, desde sus tierras de origen hasta su nuevo hogar andaluz.
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Una vez asentados, no podrán abandonar la colonia sin permiso real.
La promesa, en tinta, suena a paraíso.
Thürriegel parte. Lleva consigo impresores, traductores, avisos públicos y una red de reclutadores. Su método es moderno. Distribuye panfletos, acude a ferias, visita conventos, correos, mercados y pueblos. Las promesas se leen en alemán, francés, flamenco y hasta en dialectos suizos. A veces exagera. A veces, miente.
Pero el rumor crece. En Mainz, en Tréveris, en Alsacia, en Tirol… se habla de “las nuevas Américas”, de “las tierras del rey español”. La idea prende como yesca.
🌾 Capítulo II – El Panfleto de Augsburgo
Augsburgo, Sacro Imperio Romano Germánico, 3 de mayo de 1767
Narrado por Jakob Huber, maestro tonelero
Nunca pensé en irme. Aquí tengo mi taller, el torno de mi padre y el del abuelo antes que él. En la puerta aún cuelga el aro de hierro que sellaba las cubas para los príncipes del obispado. Y sin embargo… aquí me tienes, con este panfleto en la mano, las cejas fruncidas y el alma removida como mosto en plena fermentación.
Lo trajo un forastero que hablaba raro, con acento de corte y capa empolvada. Dijo venir en nombre del Rey de España —¡el mismísimo Rey!—, que buscaba gentes de bien para poblar tierras sin dueño, donde el sol acaricia la uva y el trigo baila sin cadenas.
—"Se ofrecen casa, tierras, animales y herramientas. Viaje gratis. Exención de impuestos. Justicia propia. Diez años sin tributo ni diezmo."
Yo me fui al taller. Le di vueltas a un tonel sin hacer, pensando en mis hijos. El mayor se alista o se muere de hambre. El pequeño tose desde que nació. No tenemos bosque propio, la leña sube, el trigo baja, y los impuestos nos muerden hasta los zapatos.
Y entonces pienso: ¿y si es verdad? ¿Y si existe un lugar donde aún se empieza de cero, donde el nombre de uno no viene ya manchado por deudas o errores ajenos?
Dicen que hay que firmar con testigos, y que a cambio nos llevan a pie, en carro o en barco, hasta las llamadas "Nuevas Poblaciones" en las sierras de un lugar que llaman Andalucía. ¿Qué sabré yo de eso? Solo lo que cantan los soldados: que hay moros viejos, aceitunas, y calor.
Pero he visto a otros en la plaza hojeando el papel. Un zapatero. Una comadrona. Un herrero que perdió un hijo en la guerra. No todos se ríen. Algunos callan. Y los que callan, piensan.
Yo también pienso. Y cuando eso ocurre… algo ya ha empezado.
🕊️ Capítulo III – Del fracaso en Kourou a la promesa del sur
Saint-Jean-d’Angély, primavera de 1767
Narrado por el cronista invisible
Durante cuatro años, Dieudonné François Brice y Anne Masson vivieron con las maletas hechas y el corazón atado al horizonte. Habían dejado atrás La Petite Raon, en los húmedos bosques de los Vosgos, con la esperanza de una nueva vida al otro lado del océano. Como tantos otros, respondieron al llamado de Francia para poblar la Guayana, ese espejismo llamado Kourou, vendido en los cafés y en los sermones como el nuevo Edén de los pobres.
Desde 1763 aguardaban su embarque en Saint-Jean-d’Angély, un pueblo que se convirtió en estación de sueños aplazados. Allí, François encontró trabajo como carpintero de muelles, construyendo rampas que nadie usaba. Anne, costurera y partera, servía en casas que no eran suyas, y aprendió a leer los embarazos como leía los mapas: con precaución.
Pero el sueño se pudrió.
El rumor llegó antes que el anuncio oficial. Kourou era una trampa. El clima mataba. Las enfermedades diezmaban. La tierra no daba lo prometido. Francia lo sabía… y callaba.
Un día, con la discreción de los estados heridos, el proyecto se canceló.
Los colonos quedaron varados como ramas en la orilla. Algunos regresaron a sus aldeas, otros malvivieron con lo que les quedaba. Pero François y Anne no regresaron. No podían volver con las manos vacías ni con la mirada de los que fracasaron.
Y entonces, la noticia corrió como lumbre entre paja seca:
“El Rey de España ofrece tierras en Andalucía. Buscan a los que estaban destinados a la Guayana. Ofrece más, y pide menos. No hay que cruzar el mar, solo atravesar la tierra.”
Fue un mercader flamenco quien lo dijo primero, entre cajas de jabón y aguardiente. Luego un antiguo sargento que había servido en Gibraltar. Luego, un cura que empezó a mencionar a Sierra Morena en sus misas.
François no habló. Se fue al taller y comenzó a desarmar el banco de carpintero que nunca clavó al suelo.
Anne tampoco dijo nada. Se sentó a zurcir una blusa y sacó cuentas en la tela: años, hijos, pérdidas, esperas.
Por la tarde, ella se acercó al arcón. Sacó la carta de recomendación del notario de Amancey. La leyó en voz baja. Luego dobló el papel, lo besó como a un niño dormido, y lo metió en su delantal.
—Andalucía —dijo, sin más.
Y así, una decepción imperial se convirtió en una oportunidad inesperada.
De Saint-Jean-d’Angély partirán al sur. No hacia el mar, sino hacia el polvo.
No hacia la utopía de ultramar, sino hacia la promesa callada de los olivares.
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