15 julio 2025

AGUSTÍN MARTÍNEZ MORALES: LA HERIDA QUE LA GUERRA ABRIÓ EN SU ALMA.

 


Historia clínica y humana de un abuelo en la Sierra de Segura (1900–1941)

 

Agustín y Fortunata año 1927

Esta entrada es un homenaje a mi abuelo Agustín Martínez Morales, natural de Hornos de Segura y vecino de Santiago de la Espada, cuya vida —como la de tantos hombres buenos— fue moldeada por el trabajo, la honradez, el compromiso público… y finalmente quebrada por la violencia de una guerra que nunca pidió. Su historia combina medicina, memoria y dignidad. La comparto para que no se olvide, y para que otros nietos y bisnietos comprendan que la historia también se escribe desde el cuerpo.


   Nacido el 13 de enero de 1900 en la aldea de La Hoya del Cambrón, perteneciente al término de Hornos de Segura, Agustín Martínez Morales fue hijo único, hijo de Ignacio y Leandra. Desde joven, se trasladó con sus padres a Santiago de la Espada, donde su madre poseía vivienda y algunas tierras de labor. En 1921, fue llamado a filas para cumplir el servicio militar obligatorio, siendo destinado a la unidad del Servicio de Aeroestación de Guadalajara, lugar donde comenzaban a probarse los primeros zepelines del Ejército Español. Tras obtener su licencia militar, regresó a Santiago de la Espada, donde contrajo matrimonio con Fortunata Bernarda Martínez González y sentó las bases de la familia que, años después, sufriría los estragos de la guerra y de la historia.


Agustín Martínez durante el servicio militar

Santiago de la Espada, 1941.

   El hombre se llamaba Agustín Martínez Morales, y fue labrador. De aquellos que sabían leer la tierra con las manos, y el cielo con la mirada. Residía junto a su esposa Fortunata y sus cuatro hijos —el menor de ellos, un niño de apenas un año de edad— en la Calle de Enmedio, en el corazón de Santiago de la Espada, ese nido de piedra y viento al borde de la sierra. La familia gozaba de una posición socioeconómica cómoda, fruto de alguna herencia, del trabajo constante, el respeto ganado en el pueblo y su buen juicio. Agustín había sido nombrado Teniente de Alcalde del Ayuntamiento y desempeñaba también el cargo de delegado de Abastos, un puesto de gran responsabilidad durante los difíciles años previos a la Guerra Civil.

   Cuando en 1936 estalló la tormenta, no hubo rincón que escapara a su zarpazo. Agustín fue detenido por milicianos republicanos, acusado de "tendencia derechista" y por el simple hecho de haber ocupado cargos públicos, lo arrestaron ante los ojos de Fortunata y de sus hijos, una escena que dejó grabado en el alma familiar un miedo que el tiempo nunca ha borrado del todo. Lo trasladaron a Jaén, donde fue sometido a un tribunal popular, esa sombra tosca de justicia que tantas vidas segó sin juicio ni defensa.

   Sin embargo, el gesto justo de un hombre salvó a Agustín. Aquel republicano, que conocía a Agustín y recordaba que en tiempos de escasez le había dado de comer, habló en su favor. Dijo con voz firme que no era enemigo, sino un buen hombre, y que matarlo sería una injusticia. Y fue liberado.

 
Receta médica prescrita por D. Ángel García Ortíz (Jaén) 

    Pero la paz era una quimera. Poco después, su primo Juan José, que había testificado como testigo de descargo en favor del párroco del pueblo, fue denunciado como sacristán y detenido a su vez. Lo llevaron también a Jaén, donde fue asesinado junto al párroco Don Juan María Torres Pérez en el cementerio de Jaén, víctima de la represión religiosa que, durante los primeros meses de la contienda, se abatió con especial saña sobre el clero. Don Juan María era un hombre piadoso, cercano al pueblo, cuya presencia en la parroquia de Santiago de la Espada era símbolo de fe, consuelo y continuidad. Su detención, al igual que la de Juan José, respondió más a una venganza ideológica que a hechos probados. La ejecución de ambos no fue sino el resultado de aquel clima de sospecha y miedo, donde ser testigo de descargo o vestir sotana podía sellar la condena., y enterrados ambos allí, bajo la tierra y la impunidad. Tras el fin de la guerra, posiblemente en 1939 o 1940, Agustín acompañó a su tío a Jaén para identificar el cadáver del hijo perdido, su querido primo. Fue un viaje de duelo, de espanto, de amor sin remedio. Según contó Fortunata, esa experiencia lo "mató en vida", lo quebró por dentro. Ella siempre decía que eso le "adelantó la muerte".

   Ya para entonces su salud se había deteriorado visiblemente. El dolor, silente y persistente, se había instalado en su estómago como una brasa que no se apagaba. Un informe médico firmado por el Dr. Ángel García Ortiz, de Jaén capital, fechado el 11 de noviembre de 1940, diagnosticaba lo que entonces se temía pero no se podía curar: una úlcera gástrica en la curvatura menor del estómago.

 

 La radiografía revelaba un estómago ortotónico, hiperkinético y con vaciamiento difícil, signos de una función gástrica alterada por el dolor y la inflamación. El hígado aparecía agrandado, sobresaliendo tres traveses de dedo por debajo del reborde costal, lo que indicaba una probable hepatopatía —quizá por sobrecarga, ansiedad o consumo de tónicos populares.

   El análisis del jugo gástrico no dejaba dudas: presencia de sangre (Thewenon positivo), abundante moco, leucocitos, células epiteliales, y una acidez aún conservada. Todo apuntaba a una lesión activa, dolorosa y sangrante, que ponía su vida en peligro inminente. El color del jugo, descrito como "sui generis", revelaba un mal mayor: su estómago ya hablaba con la sangre.

   La medicación prescrita por el doctor reflejaba los recursos disponibles de la época: Ulco-Histidina por vía intramuscular (regenerador gástrico de uso empírico), Hepasulin para el hígado, y una combinación de Sal de Vichy, carbonato cálcico y magnesia como antiácido. A todo ello se añadía una estricta "cura láctea": tres litros de leche diarios, tomados fríos, hervidos, en sorbos lentos, durante veinte días. Después, si las molestias cesaban, se pasaría a purés, patatas y galletas maría.

   Pero el cuerpo no siempre espera. El 26 de febrero de 1941, en su domicilio familiar, Agustín vomitó sangre: una hematemesis violenta, fulminante, que su esposa describió con una imagen que se quedó para siempre en la memoria familiar: "echó el hígado por la boca". No era literal, pero sí simbólicamente cierto. En esa sangre salieron su miedo, su coraje, su duelo no digerido, su impotencia, su humanidad. Falleció a los 40 años.

   Su esposa, mi abuela Fortunata, nunca dejó de amarlo. Vivió el resto de su vida con la memoria de Agustín siempre presente, guardando un luto permanente como símbolo de su ternura intacta. Hasta su muerte, en 1987, conservó en su rostro, en su voz y en su forma de vivir, la dignidad de quien ha amado de verdad y ha sabido honrar esa ausencia con entereza y amor profundo.


   Su muerte no fue solo médica. Fue social, histórica y profundamente humana. Fue el desenlace de una úlcera gestada entre el trabajo duro, el servicio público, la guerra fratricida, la injusticia presenciada y la pena acallada. Hoy, tantos años después, su nieto —con la memoria firme y el amor en alto— recupera su historia no solo como acto de recuerdo, sino como acto de reparación.

   Porque Agustín Martínez Morales vivió con honra, murió con dignidad, y merece ser recordado como lo que fue: un hombre bueno que, en medio del vendaval de la historia, **siguió siendo humano hasta el final.

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