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| El Cubo |
Década de los 70: Una mirada atrás.
La Plaza de la Verdura, en aquellos años setenta, era un latido constante, un pequeño universo contenido entre sus plátanos centenarios y las fachadas de sus edificios y comercios. Bajo la sombra de estos árboles resonaban las risas de los chiquillos que corrían sin descanso, jugando a “Un paso y navegar” o al "Marro", esa danza de estrategia y valor donde la cadena de prisioneros crecía hasta que algún héroe veloz rompía el juego con un toque liberador. En la barandilla de Paco Tomate, como le conocíamos cariñosamente, los más atrevidos se enzarzaban en el juego del espadachín, un desafío lleno de energía y valentía, algo más agresivo, reservado para los más mayores y robustos del grupo.
En la parte izquierda, el viejo edificio del mercado municipal se alzaba como el alma trabajadora del pueblo. Con dos accesos principales, uno en cada extremo, cada entrada tenía su propia dinámica particular y unas grandes rejas negras de acordeón que se cerraban al cesar la actividad comercial en aquella planta. En uno de sus accesos, el que daba a la sastrería de Alfonso, se encontraba el puesto de control municipal, donde siempre había alguno de los municipales del ayuntamiento vigilando la actividad y el buen funcionamiento del mercado. Me viene a la memoria, como representación de todos ellos, a Julio "el inspector" o al bueno de Fernando, cuya presencia era constante y emblemática, aportando orden y cercanía a los días llenos de vida en este espacio tan característico.
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| Plaza de la Verdura 1970 (Recreación) |
La planta superior era un festival de aromas y colores por las mañanas, con los puestos de frutas, carnes, pescados y, por supuesto, aquellos churros maravillosos. Allí estaba Tomás, el carnicero, siempre acompañado de su padre; La Tinti, o Juana, que despachaban pollos con diligencia; e Isabel, con dos puestos contiguos: uno lleno de frutas vibrantes y otro rebosante de pescados frescos. Seguramente me dejo alguno, como Julio, Santos o Ignacio, todos carniceros, y quizá algún otro puesto más. Abajo, en la otra tienda de la plaza, de Isabel y Tomás, el barril de sardinas arenques en salazón, siempre sobre una vieja silla de enea en la puerta, añadía un sello olfativo inconfundible que se mezclaba con los sonidos y las conversaciones de la plaza.
En un rincón especial, quizá en una esquina, se encontraba el puesto de los Campayo, donde las lecheras aguardaban al caer la tarde para ser llenadas, al amanecer, con leche recién ordeñada, un ritual que conectaba a la comunidad en un gesto simple y significativo. Frente al mercado, "Droguería El Sol" de Paco Morillo y después de su hija Lucre, con su entrada de madera y cristal y el gran mostrador que cubría todo el espacio, brillaba justo enfrente del mercado y cerca del cine San Roque. Era un punto clave donde los vecinos se abastecían de productos esenciales y compartían charlas al paso.
En la planta inferior del mercado, más silenciosa, resistían con firmeza tres puestos al caer la tarde: Julián y Julia, con su moderna máquina de cortar embutidos y todo tipo de conservas; Gerardo, cuyo puesto desprendía el inconfundible aroma de vinos y aguardientes a granel y especias; y Jesús y Telefora, que ofrecían desde conservas hasta chucherías que endulzaban las últimas horas del día. Cada puesto y comercio tenía su pequeña mesa camilla con brasero, donde sus dueños aguardaban, pacientes, el goteo de algún cliente tardío, mientras el frío de las tardes invernales se colaba entre las paredes.
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| Recreación de la Plaza y los chiquillos |
Marcelino, en su zapatería, era un espectáculo por sí mismo. Su habilidad para sacar y apilar cajas de calzado era casi mágica; las gomillas se acumulaban en su muñeca solo para regresar a su sitio con la misma precisión. No lejos de allí, haciendo esquina, Pepe, con su tienda "La Camelia", el pequeño "Corte Inglés de la plaza", destacaba por su habilidad con las telas expuestas en la parte trasera de uno de sus mostradores, exponiéndolas y recogiéndolas una y otra vez. En Navidad, los escaparates de "La Camelia" se llenaban de juguetes que atraían a los niños, quienes se apiñaban frente al cristal frío observando y soñando con los regalos de los Reyes Magos. A ciertas horas de la tarde, el tintineo festivo de las campanillas navideñas era suavemente sustituido por el ritmo constante del martillo sobre el yunque de Hilario "El Herrero", cuya fragua se encontraba a pocos metros de allí.
A las afueras del mercado, el Banco Forestal, luego conocido como Banco de Jerez, ofrecía su gran soportal como refugio para los últimos niños que se recogían al anochecer o para guarecerse de los chaparrones repentinos. En ese pequeño espacio se concentraban juegos, historias o chistes y alguna discusión pasajera, un microcosmos lleno de vida en aquel rincón de la plaza. Frente al Banco y junto a "Droguería El Sol", separados por el callejón de la Trini, se encontraba el “Cine San Roque”, de los hermanos Pascual, con sus soportales que servían de escondite a los chiquillos en sus juegos interminables; Pedro Cátedra me invitaba a subir por aquellas escalerillas laterales que llevaban a un pequeño cuarto que alojaba el proyector del celuloide. En aquel mismo rincón, quizá un grupo de niñas jugaba a la goma o a la comba. Más arriba, frente al Cuartel de la Guardia Civil, estaba la Cárcel cuya parte superior, un día fue escuela, hoy el hogar del jubilado y el Cine Principal, también de la familia Campayo, cuyo esplendor alimentó los sueños de generaciones. ¿Quién no fue un viernes o sábado por la tarde a mirar las carteleras? Por proximidad, ¿cómo no recordar a Anselmo, Correos, la Celestina o el comercio de Juanito y otros más que por extensión y número se extralimitan del centro neurálgico de la Plaza de la Verdura?
Hoy, donde se encontraba este último cine, solo queda un aparcamiento cubierto, un reflejo del cambio implacable que ha transformado espacios llenos de vida en estructuras funcionales. Hoy, la Plaza de la Verdura ya no es la misma: el Cine San Roque ha desaparecido y el antiguo mercado se ha transformado en un centro cívico ciudadano. El nuevo mercado municipal ocupa un espacio donde la memoria colectiva parece haberse desdibujado. Los tres viejos árboles siguen ahí, pero su sombra ha perdido el eco de las risas infantiles, sustituyéndolas por los pensamientos y recuerdos de los más mayores y ancianos. Las fachadas, aunque firmes, ya no reflejan las vidas de Tomás, Isabel, los Campayo, Lucre, Marcelino, Pepe, Julia, Julián, Gerardo, Telefora y Jesús, o la sastrería de Alfonso y tantos otros que hicieron de este lugar un corazón palpitante. El tiempo, implacable, ha llevado consigo esa fotografía en blanco y negro que ahora vive en la memoria, donde cada rincón y cada personaje ocupa un lugar imborrable. Para mí, esta plaza siempre estará ligada a los recuerdos de mi infancia y al amor de mis padres, Vicente y Rosalina, quienes también caminaron por estas mismas piedras y formaron parte de la vida de este entrañable lugar. Su recuerdo perdura, al igual que la memoria de esta Plaza de la Verdura que jamás volverá.
Enlace de Google Maps a la Paza de la Verdura actual:

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Da gusto leer la descripción que haces....
ResponderEliminarMe alegra que te guste. Un abrazo.
EliminarEs fantástico recuperar todo lo que relatas. Me he tele transportado a aquellos maravillosos años. Enhorabuena Agustín.
ResponderEliminarMe alegra que así sea. Gracias por tus palabras.
EliminarEste artículo es una joya digno de ser publicado en el libro de fiestas.
ResponderEliminarMandanoslo a silescultural@gmail.com, nos encantaría publicarlo.
Un saludo.
Tomás Olivares
Te agradezco sinceramente tus palabras, que de manera tan generosa resaltan mi escritura más allá de lo que considero merecido. No era mi intención que tuviera ese alcance, y el marco que planteas quizá me quede algo amplio. Sin embargo, atendiendo a tu petición, así lo haré. Un saludo.
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