03 enero 2026

La Casa

 



Recuerdos, risas y silencios de un hogar que fue testigo de nuestra vida



Construcción de "La Casa" años 1958-59


   Esta es la historia de la casa donde nací, un lugar que fue más que paredes y tejas; fue el escenario de mi infancia, de alegrías y pérdidas, de juegos y descubrimientos, de risas y silencios. Cada rincón, cada planta, cada árbol del jardín guarda recuerdos que, aún hoy, permanecen vivos en mi memoria. Es un homenaje a aquellos que vivieron entre sus muros, a los que dejaron huella y a los que se fueron demasiado pronto, porque esta casa, más que un hogar, fue testigo de nuestras vidas.

  

Boda de Vicente y Rosalina (mis padres). Santiago de la Espada 01 de enero de 1955


    Construida como un sueño de mis padres en 1960, la casa se alzaba en los Huertos de Santa Ana, en el Camino de las Higuericas, que años más tarde, con la urbanización del barrio, pasó a llamarse Calle San Roque, correspondiéndole el número 5 en la pequeña localidad de Siles (Jaén), en la Sierra de Segura. De cuatro plantas, la más baja, a nivel del jardín trasero, siempre funcionó como bodega; primero almacenando leña o albergando algún conejo o gallina, hasta que, con el tiempo, fue reformada y convertida en sótano y estancia principal de la casa: un espacio amplio con chimenea, salón-cocina, dormitorio y gran despensa, donde transcurría nuestra vida diaria, tanto en el calor del verano como en el frío del invierno. Desde allí se abría una puerta al jardín, que acogía dos manzanos de variedad Verdedoncella, un peral, un melocotonero y un albaricoquero, junto a dos parrales de uva Moscatel. Con los años, mi padre, funcionario del patrimonio forestal del Estado, posteriormente ICONA y la Agencia de Medio Ambiente, fue sembrando nuevos árboles traídos de los viveros forestales —acebos, tejos, algún abeto pinsapo—, mientras mi madre llenaba los espacios de rosales y macetas, cultivando con ellas la misma dedicación y paciencia que a nuestra vida cotidiana.

   En la planta baja, al nivel de la Calle San Roque, se encontraba la única planta habitable en los inicios de la casa. Mis padres se mudaron allí cuando aún estaba a medio terminar, ansiosos por dejar atrás los años de alquiler en otras viviendas del pueblo. En ese espacio se instalaron ellos y mis dos hermanos mayores. Poco después, se uniría a ellos mi querida abuela Fortunata, que permanecería casi ininterrumpidamente durante veintiocho años, hasta que un frío y nevoso 6 de febrero de 1986 nos dejó. Antes de que la casa se llenara de más voces, hubo una ausencia temprana que siempre estuvo presente. Mi hermano mayor, Vicentito, el primer hijo de mis padres, nació el 22 de noviembre de 1955 y falleció el 17 de octubre de 1956. Yo no llegué a conocerlo, pero los relatos de mis padres, repetidos a lo largo de los años con naturalidad y respeto, hicieron que su figura formara parte de mi infancia como si hubiera estado allí. Vicentito siempre estuvo en nuestra memoria y lo sigue estando, sin dramatismos ni silencios impuestos, como se recuerda a quienes, aun habiendo vivido poco, dejaron una huella profunda, serena y permanente en la familia. Con el paso del tiempo, mis padres fueron completando la casa por orden de necesidad, a medida que la familia se ampliaba. Los dos siguientes hermanos llegaron en 1964 y en 1967, yo en mayo de 1969; los tres nacimos en aquella misma habitación de mis padres, que aún recuerdo con claridad: un gran armario de color caoba, dos mesitas de noche y una cómoda a juego, y la cama de metal niquelado, que era al mismo tiempo cuna, cama elástica improvisada y lugar de juegos con mis hermanos, así como escenario de las mañanas de domingo sobre las rodillas de mi padre, entre risas y charlas que aún retumban en mi memoria.

   En aquella misma habitación, en 1974, nació la pequeña María Jesús. Llegó al mundo, pero no pudo llorar; un parto complicado, con una serie de dificultades que atormentaron a mi madre de por vida, se la llevó para siempre, y con ella se fue un fragmento de cada uno de nosotros. Yo tenía solo cinco años, pero aún recuerdo su pequeño cuerpo sobre la cómoda de la habitación conyugal. La noche anterior ya se respiraba algo distinto en el aire; quiero creer que, de alguna forma, incluso siendo tan pequeño, percibí que mi madre estaba de parto. Aquella noche nos fuimos a la cama con la ilusión de un regalo, algo parecido a la mañana del seis de enero, día de Reyes, pero el despertar fue muy distinto.

   Me asomé a la puerta del dormitorio de mis padres y, en lugar de regalos, mis ojos se fijaron en algo parecido a una gran muñequita que mi padre, o la Severa —la partera que nos trajo a mí y a todos mis hermanos, y a gran parte de los jóvenes del pueblo— habían colocado con respeto y cariño. No comprendía del todo lo que ocurría, hasta que mi madre le pidió a mi padre que se la acercara de nuevo. La recuerdo tumbada en su cama, recién dada a luz, diciendo con una pena que aún resuena en mi memoria: “ya tiene dos dientes abajo”. Tras ello, mi padre volvió a colocarla sobre la cómoda. Yo me acerqué y tomé su mano, intentando comprender lo sucedido. Mi madre decía que estuve todo el día aferrado a aquella minúscula mano. No recuerdo el tacto; quizá mi mente aún no asociaba el frío con la muerte y no terminaba de entender la desgracia acaecida en aquel fallido día extra de Reyes.

  

"La Casa" vista desde la entrada de Siles (Jaén)


    La planta primera de la casa, idéntica a la baja ya descrita, fue terminada y dedicada al alquiler durante algunos años. Mi madre contaba que allí vivió un brigada de la Guardia Civil y que su hija, maestra, me llevaba ya a la escuela de Doña María, no porque me tocara por edad, sino por una especie de cariño y, quizá, para descargar a mi madre de trabajo, ya que la enfermedad de mi tía Ascensión había obligado a mi madre a hacerse cargo de sus siete hijos durante algunos meses. En esa planta también vivió Don Rafael Porras, veterinario municipal, y su esposa Doña Antonia, matrimonio muy querido por nosotros, a los que llegamos a visitar en su pueblo natal, Iznájar (Córdoba), ya jubilados y antes de morir. Recuerdo a su nieto Francisco, buen amigo de verano, que creo sigue ejerciendo en el Hospital Reina Sofía de Córdoba; ambos acompañábamos a Don Rafael al matadero municipal, donde se extraían muestras de carne y se estampaba el sello azul que certificaba la aptitud para la venta. Hoy día, aquello sería impensable para menores, pero entonces formaba parte de la vida cotidiana y de la educación práctica. Los últimos en vivir en aquella planta fueron mi tía Virginia, hermana de mi abuela paterna Bárbara, y mi tío Ignacio, su marido, a quienes recuerdo con un cariño especial.

   Más arriba, en la siguiente y última planta, se ubicaban las cámaras: un espacio doblemente abuhardillado bajo las vertientes norte y sur del tejado. Aquel lugar servía como almacén de cosas antiguas pero valiosas y reutilizables; recuerdo también su uso como tendedero. En una de las cámaras había un depósito de agua que suplía los cortes municipales.

Aquella planta fue, además, hospital ocasional de animales que mi padre encontraba heridos en la sierra, a merced de las alimañas. Recuerdo subir con él, palo en mano —decía que había que protegerse porque eran peligrosos—, para llevar algunos desperdicios traídos de la plaza a un águila culebrera que había salvado. ¡Aquel animal daba miedo de verdad! Se quedaba parado en un rincón poco luminoso, vigilando y dispuesto a atacar, pero tras ofrecerle los despojos, los devoraba como si no hubiera un mañana.

También recuerdo la recuperación de un búho que había caído por la chimenea de la casa forestal del Campillo y su puesta en libertad semanas después; especialmente porque mi hermana estaba aterrorizada con los ruidos de aquella rapaz nocturna. Por último, tras muchos esfuerzos y persuasión, sobre todo hacia mi padre, conseguí tener en un rincón de la cámara trasera mi propio palomar. Me encantaba criar y soltar a mis palomas, algunas de raza buchona murciana, y observar cada uno de sus movimientos, sonidos y vuelos; era, sin exagerar, una de mis grandes pasiones de infancia.  

   

Rosalina Martínez Martínez. Censo de Siles de 1956


  En una de aquellas cámaras aún sigue colgada mi primera bicicleta: una G.A.C. de color naranja metalizado. Esa bicicleta tiene un valor sentimental muy importante para mí por varios motivos que comentaré más adelante. Costó 5.000 pesetas (unos 30 € de hoy, sin tener en cuenta la inflación) y la compré con mis ahorros y los regalos de mi Primera Comunión en 1978. Mi padre me la trajo de Úbeda, de los almacenes de los Biedma, conocidos comerciantes de aquellos años.

Mi G.A.C. era objeto de todos mis cuidados y mimos; siempre estaba limpia y lista para competir con las otras marcas de la época. Francis Auñón tenía una Torrot, y otros amigos, como Jaime, Rafa o Paquito, tenían Orbea o BH (quizá fuera al revés), pero ninguna era como la mía, al menos para mí.

Aquí quiero hacer un recuerdo especial para José Ramón, un amigo al que le compraron una bicicleta idéntica. Nos gustaba salir juntos y poner nuestras máquinas a prueba; eran igual de buenas, aunque yo tenía instalada en la mía una segunda dinamo y un segundo foco que daba una luz espectacular por las noches en las calles de Siles. Meses después, hubo que lamentar la muerte de José Ramón, precisamente en un desgraciado accidente con la bicicleta. Aquello fue un mazazo para todo el pueblo y, especialmente, para los niños que teníamos más contacto con él. Aún suelo visitar su tumba cuando paso por el cementerio de Siles, donde cada vez descansan más conocidos. 


Vicente Castro Marín. Censo de Siles de 1956

   

 Volviendo a mi casa y su entorno, ¿cómo olvidar el jardín al que hice referencia antes, uno de los lugares de juego fundamentales de mi infancia? A mis cinco años, y con ocasión de la muerte o del no nacimiento de mi hermana María Jesús —la cual fue bautizada por la Severa in extremis—, posiblemente empezó a despertarse en mí ese instinto policial que años después se materializaría en mi vida laboral.

Allí comencé a investigar el lugar en el que, según mi mente infantil, a aquella maldita cigüeña se le había caído mi hermana al suelo; con cinco años, la inocencia aún pone sus límites, por muy buena memoria que se tenga. ¿Cómo olvidar a Baster, mi perro y amigo inseparable durante catorce años? ¿O a mis gallinas y patos, fruto de mi incansable capricho por tener animalillos en casa cada vez que venían a venderlos en aquellas jaulas apiladas, una sobre otra, a las puertas del cine San Roque (hoy mercado municipal)? 

   Terminando con el recuerdo de mi casa, no puedo dejar de recordar la cochera, un espacio vacío entre nuestra casa y la de Isabel y Juan Antonio. Allí Marcelino guardaba su furgoneta con la que vendía calzado, también se encerraban coches oficiales que utilizaba mi padre en su trabajo diario y, más tarde, los vehículos familiares. A día de hoy, todo en la casa sigue casi igual, con los recuerdos anclados en el pasado, iniciando, fundiéndose y permaneciendo como las ascuas del fuego de la chimenea. En la casa donde nací también murió mi abuela, allí se veló el cuerpo de mi padre, y a sus puertas permaneció unos minutos el féretro de mi madre para su despedida.

   
   Esta casa, con todas sus plantas, sus muebles, sus árboles y sus recuerdos, sigue viva en mi memoria. Es un lugar que no solo acogió la vida de mi familia, sino que fue testigo de la llegada y la partida, de la risa y del llanto, del juego y del trabajo. Cada rincón conserva su historia, y yo, desde donde me encuentre, sigo escuchando sus ecos, cuidando de su memoria y agradeciendo que aquel hogar, con todas sus luces y sombras, haya sido el inicio de mi historia y la de quienes me precedieron.

2 comentarios:

  1. Brutal!!! Me ha encantado tu relato, te animo a que escribas un libro ya que tienes dotes para hacerlo. Un abrazo.❤️

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    1. Muchas gracias, me alegra que te haya gustado. Sobre lo del libro, no es la primera persona que me lo dice, pero mi ambición no llega tan allá; dejaré por aquí todo y espero que siempre haya alguien a quien le haga feliz leerlo.

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