«Voz de mis antepasados, recogida del viento que sopla entre los siglos».
- Archivo familiar, ca. 1767. -
🌘 Los ecos de lo no dicho: crónica de una herencia invisible
Pentabuelos – Archivo de memorias familiares
Año del Señor de 1847 (o del tiempo que no pasa)
Fuimos padres, sí.
Y si hoy nuestras almas pudieran manifestarse, lo harían con voz firme, sin furia pero sin indulgencia.
Porque sabemos, desde la distancia del más allá, que no fuimos del todo justos.
Nos dejamos influir, arrastrar, secuestrar emocionalmente por los hijos más hábiles en el arte de la manipulación sentimental.
Hubo quien lloró a tiempo, quien se mostró débil para ganar poder, quien convirtió la lástima en trono.
Y nosotros, temerosos de herir, confundimos compasión con favoritismo, amor con miedo.
Creímos que amábamos, cuando en realidad obedecíamos a la culpa.
No hay culpa más venenosa que la que se disfraza de cariño.
Hoy lo vemos claro.
Vemos también a esos hijos —y a los hijos de sus hijos— repetir el patrón.
Los hay que viven bajo el influjo de un trastorno narcisista encubierto, necesitados de dominar el relato familiar, siempre con la razón y la víctima en el mismo bolsillo.
Otros padecen una personalidad histriónica, que convierte cada ofensa en espectáculo y cada gesto de bondad en un arma de manipulación.
Y están también los que sufren el síndrome del salvador, intentando reparar lo que nunca rompieron, cargando sobre sí culpas ajenas.
No son monstruos. Son herederos del mismo desorden emocional que nosotros alimentamos sin saberlo.
Pero tampoco son inocentes: porque llega un punto en que toda herencia puede elegirse, y seguir repitiendo el daño es también una forma de cobardía.
Los vivos creen que los muertos dormimos.
No es cierto.
Vigilamos desde el recuerdo, respiramos en el viento que entra por las ventanas donde un día reímos.
Y si hoy habláramos con voz humana, diríamos que nuestra paz no está completa.
Nos duele ver la injusticia repetirse.
Nos duele ver cómo algunos justifican sus faltas amparándose en viejas heridas, mientras otros cargan con la culpa de no haber sido lo bastante serviles.
Nos duele porque, si pudiéramos volver, lo haríamos de otro modo:
amaríamos sin miedo,
corregiríamos sin humillar,
escucharíamos al que calla,
y pondríamos en su sitio al que miente.
Porque el amor sin verdad no redime,
y la verdad sin justicia no cura.
Hay quienes dicen “perdona y olvida”.
Pero olvidar es traicionar.
Perdonar, en cambio, es comprender sin negar el agravio.
Y eso es lo que pedimos desde aquí: comprensión sin amnesia.
Porque hay herencias que se escriben en papely otras que se graban en la sangre.Y esta —la de la verdad— es la única que vale la pena conservar.
Transcripción de un manuscrito familiar hallado entre los papeles del archivo de Pentabuelos.
Datado, quizá, en el año del Señor de 1847. O tal vez en 2025.
Porque los muertos —como la memoria— no conocen el calendario.

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