30 diciembre 2025

Kisco: memoria viva de Segura de la Sierra

 

Francisco Herrera González, “Kisco”

El niño eterno de Segura de la Sierra


Francisco Herrera González, “Kisco”, Segura de la Sierra


Hay personas que pasan por la vida dejando huellas,
y otras —mucho más raras— que se quedan para siempre.
Kisco fue de estas últimas.

Nació el 25 de diciembre de 1926, en una Segura de la Sierra cubierta por una nevada histórica, como el decía, "cuando el nevazo grande". Andalucía vestida de norte, el pueblo en silencio, y un niño llegando al mundo como si ya trajera algo distinto. Quizá por eso decían que lloró en el vientre de su madre. Quizá por eso afirmaban, con la rotundidad con la que solo habla la sabiduría popular, que había nacido con gracia.

La vida no fue benévola con él.
A los ocho años, una meningitis brutal lo dejó anclado en la infancia para siempre. Ese mismo año murió su padre, Félix. Dos golpes secos. Sin tregua. En una época en la que no había tiempo para lamentarse: se trabajaba, se resistía… o se caía.

Kisco era el mayor de tres hermanos —Guillerma y Presentación Isabel— y, aun siendo niño para siempre, nunca dejó de ayudar. Como pudo. A su manera. Arrimando el hombro cuando hacía falta llevar algo de comida o alguna peseta a casa. No era heroísmo: era supervivencia. Era dignidad.

Francisco Herrera González, “Kisco”, Segura de la Sierra


Con el paso del tiempo, Kisco dejó de ser solo una persona para convertirse en parte viva del pueblo.
Fue basurero municipal sin nombramiento, funcionario sin nómina, servidor público por pura costumbre. Con su carro y aquella bocina —una trompetilla con perilla de goma— anunciaba su llegada con solemnidad. También fue pregonero: se colocaba en los puntos justos, donde la voz corría mejor, y avisaba de la llegada de los vendedores ambulantes.

Kisco hacía pueblo porque sabía estar.

Decían que tenía un don.
Que las culebras quedaban quietas a su paso.
Que imponía las manos para masnar (1), para aliviar animales… y personas.
Quizá no curaba siempre, pero calmaba. Y en tiempos duros, eso ya era casi milagroso.

Tenía una conexión especial con los niños.
No importaba la edad: con ellos se igualaba al instante. Siempre sacaba alguna monería de su repertorio, un gesto, un sonido, una ocurrencia. Las sonrisas venían solas. No había impostura. Todo era verdad.

Francisco Herrera González, “Kisco”, Segura de la Sierra


Kisco vivía la vida de Segura como solo él sabía hacerlo: como hace un niño… como el niño que era.
Y eso se notaba especialmente cuando llegaban las fiestas de octubre, en honor a Nuestra Señora, la Virgen del Rosario. Entonces el pueblo se llenaba de vecinos y forasteros, y todo giraba en torno a tres tradiciones que Kisco saboreaba hasta el último segundo:
los toros en su plaza cuadrada, una de las más antiguas de España;
la Plaza y la Puerta Nueva, corazón del bullicio;
y su devoción limpia e inocente por la patrona, la Virgen del Rosario, a la que miraba sin intermediarios, como miran los niños, sin pedir nada y creyéndolo todo.

Era caprichoso, sí.
Le gustaban las tazas y los llaveros con su nombre, aunque no supiera leer ni escribir. Tenía una habilidad especial para ablandar a los turistas y vendedores ambulantes, que acababan dejándole algún detalle. Detalles que si no eran para él, eran para su hermana Presenta, con quien vivió desde la muerte de su madre Juliana en 1974.

Todo lo hacía pensando en casa. En ella.

No llevaba reloj.
Se guiaba por la luz solar y las luces del pueblo. Sabía que cuando se encendían las farolas, como muy tarde, había que estar en casa. Así se lo enseñó su hermana, y Kisco nunca falló.

Era presumido.
Le gustaba ir bien vestido, con su chaqueta humilde pero elegante, como Presenta sabía hacerlo: sin lujo, pero con amor.

El 29 de diciembre de 1992, cuatro días después de cumplir 66 años, su corazón se detuvo.
Se fue en plena Navidad, como vino y como había vivido: sin ruido, sin rencor, en paz.

Kisco no dejó escritos ni descendencia.
Dejó algo mucho mejor.

Dejó recuerdos compartidos.
Dejó risas que hoy son nostalgia.
Dejó historias que aún se cuentan en voz baja.
Dejó la certeza de que la bondad sencilla existe.

Quienes tuvimos la suerte de convivir con él lo sabemos bien:
cuando se pronuncia su nombre, siempre asoma una sonrisa
y a veces, sin avisar, una lágrima.

Porque hay personas que no hacen ruido al pasar,
pero cuando faltan,
el silencio pesa.


Francisco Herrera González, “Kisco”, Segura de la Sierra


Dedicatoria

Este homenaje no nace de la distancia ni de la investigación,
sino del recuerdo vivido.

Kisco no fue solo parte de la historia de Segura.
Fue familia.
Y con él tuve una relación especial, como solo se tiene con las personas especiales de verdad: sin explicaciones, sin exigencias, sin condiciones.

Con Kisco aprendí que la bondad no necesita discurso,
que la ternura puede ser firme,
y que hay personas que, aun cargando con una vida difícil, no endurecen el corazón.

Este texto es un gesto de gratitud.
Un intento humilde de fijar en palabras lo que ya estaba grabado en la memoria emocional.
Porque los nuestros no mueren del todo mientras alguien los nombre con respeto.

Kisco sigue caminando por Segura cada vez que alguien sonríe al recordarlo.
Sigue sonando su bocina en alguna calle empinada.
Sigue mirando a la Virgen del Rosario con fe de niño.

Y sigue siendo, para quienes lo quisimos,
una lección silenciosa de humanidad.


(1) Nota aclaratoria: Significado de "Masnar"

Definición: Arcaísmo léxico propio de la Sierra de Segura (Jaén) y zonas limítrofes. Se refiere a la acción de sobar, amasar o presionar con destreza una parte del cuerpo, ya sea humana o animal, con el fin de sanar.

Dimensiones del término:

  1. Física: Consiste en un masaje profundo sobre músculos o articulaciones "descompuestas".

  2. Espiritual: Alude a la imposición de manos, a menudo ligada a ensalmos o "dones" de curación.

Aplicaciones: Se utiliza tanto en humanos (torceduras) como en veterinaria (cólicos o cojeras en animales de labor).

Etimología: Del latín massa, evolucionando del concepto de amasar pan al de tratar el cuerpo con las manos.

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