19 mayo 2025

📜 Ucronía 1767

 


Saint-Dié-des-Vosges 1763




Cuaderno de Campo del Viajero del Tiempo – Capítulo IV

🕰️ Invierno de 1762 – Meersburg, orilla norte del Bodensee (Lago de Constanza, Alemania)
✍️ Entrada escrita desde el presente, caminando en secreto entre los días del siglo XVIII


Los nombres enterrados en la escarcha

“Busco el pasado. El mío. El de unos Metzger y una mujer llamada Voglerin.”

He pasado quince días en Saint-Dié-des-Vosges sin ser de aquí ni del siglo, y aun así siento que algo mío se ha quedado en sus calles de cantos rodados. Quizá fue el modo en que Anne Masson alzaba la vista hacia la colina, como quien espera que su destino baje caminando. O el paso firme de Dieudonné Brice, que cada mañana, antes del alba, miraba el horizonte como si lo retara.

Cuando las primeras nieves de noviembre comenzaron a blanquear los montes vosgos, decidí marcharme hacia el este. Algo en mí me llamaba a cruzar el Rin y atravesar la Selva Negra como un lobo sin manada. El nombre que guiaba mis pasos era antiguo, seco como madera curada: Metzger. Y junto a él, otro más suave, casi femenino, como brisa de otoño: Voglerin.

Meersburg – Invierno de 1762

Llegué a Meersburg cruzando la niebla, como un espectro que se arrastra desde siglos futuros. El viento del lago, helado como la culpa no dicha, azotaba la piel con dedos de aguja. Las barcas dormían bajo una capa de escarcha, y los tejados parecían espolvoreados con harina de muerte.

El nombre Metzger se adivinaba aquí en los tablones de roble, en el golpe seco de la azuela, en el aroma inconfundible de una bodega que aún guarda el vino de otros siglos.

Un anciano, al verme, me preguntó de dónde venía. Le respondí con la verdad velada:
—Busco el pasado. El mío. El de unos Metzger y una mujer llamada Voglerin.
Me miró como se mira a un loco inofensivo, y señaló con la cabeza hacia la parte alta, donde las casas cuelgan del acantilado como nidos antiguos.

Rastro de tinta y piedra

Tras algunas monedas, el posadero habló. Dijo que en el archivo de la parroquia había constancia de un Johannes Metzger, nacido en 1701, hijo de Hans el tonelero, y de Maria Voglerin, “la que traía niños al mundo y les ponía nombre antes de que el cura llegara”.

Pedí permiso al párroco local, que me observó con recelo, hasta que mencioné que hacía un estudio de genealogías piadosas para una crónica del obispado de Constanza.
Y ahí estaban, los nombres escritos con mano firme en una hoja áspera:

“1701, 4. Sept. Baptizatus est Johannes filius legitimus Hans Metzger, tonnarius, et Maria Voglerin, uxor eius.”

En lo alto del cementerio, encontré una cruz desgastada. Apenas se leía:

Maria Voglerin
Sie half den Geborenen und ging heim zu Gott.
Ayudó a los que nacían y volvió a casa de Dios.

El viento me trajo una ráfaga de humo de leña, y juraría que olía al mismo hogar donde alguien, hace más de sesenta años, trajo al mundo a un niño que algún día sería abuelo de abuelos.

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