04 julio 2025

Andalucía, memoria y conciencia: un diálogo imposible

 


Nota del autor:
Lo que sigue nace a raíz de un mensaje que recibí por WhatsApp de mi querido amigo Antonio Castillo —"Cástulo", como le decimos con afecto quienes le conocemos—. En él me compartía un poema breve pero conmovedor del poeta palestino Mahmud Darwish, titulado “Los violines”.
Sus versos, que lloran por los gitanos que marchan, por los árabes que salen, por Andalucía que duele, despertaron en mí una profunda reflexión sobre nuestra historia, nuestras heridas y nuestras identidades.
Fue entonces cuando imaginé un diálogo entre tiempos distantes: el de un cristiano viejo nacido en la Sevilla de 1500, y el de un español contemporáneo que, nacido en 1950, ha vivido la dictadura, la transición y la libertad. Ambos se escriben desde sus certezas y sus miedos, pero también con respeto mutuo.
Comparto aquí esas dos cartas, unidas por el eco de un violín que aún resuena entre los siglos.
Los violines y las voces de Andalucía: diálogo epistolar entre 1500 y 2025

“Los violines lloran con los gitanos que marchan a Andalucía… Los violines lloran por los árabes que salen de Andalucía…”
—Mahmud Darwish (1941‑2008)

El poema “Los violines” del palestino Mahmud Darwish es breve, filoso y vibrante. En sus versos se condensa el lamento de quienes han sido desterrados de una tierra amada. La música que describe atraviesa quince siglos de nuestra historia peninsular: desde la caída visigoda, pasando por el esplendor califal, la Reconquista y la expulsión morisca, hasta la España democrática y diversa del siglo XXI.
Para pensar este arco histórico he imaginado un intercambio de cartas entre dos españoles separados por quinientos veinticinco años:

  • Juan de la Torre, cristiano viejo sevillano que escribe en 1500, hijo de la reciente rendición de Granada.
  • Martín de Aldana, madrileño nacido en 1950 y catedrático de Filosofía e Historia, que responde desde la libertad de conciencia conquistada tras la Transición.

Carta I — Juan de la Torre, Sevilla 1500

📜 Carta enviada al Consejo de las Sombras que Hablan: Al-Andalus, Tierra de Todos y Ninguno

Escrita por Juan de la Torre, cristiano viejo, natural de Sevilla. Año del Señor de 1500

  A los ilustres espíritus que, desde el otro lado de la niebla, guardan memoria del mundo:

A Don Rodrigo, último rey godo,
A Abd al-Rahman III, califa de Córdoba,
A Isabel y Fernando, Reyes Católicos,
A Mahmud Darwish, poeta del exilio,
A Isaac Rabin, mensajero de la paz,
A todos los caídos con alma, palabra o espada por estas tierras nuestras.

Señores del ayer, sombras del presente y centinelas del porvenir:

Recibo con mis manos callosas y mi mente abrumada un poema llegado de un siglo aún por nacer. Me lo trajo un viajero silencioso, un espíritu errante que, dicen, camina entre los muros de la antigua Córdoba susurrando en voz de violín.

Ese poema —Los violines, lo llaman— gime con la voz de los desterrados, de los que parten de una tierra amada sin poder mirar atrás. Llora por los árabes que salieron de Andalucía. Llora por los gitanos que marchan, por los pájaros sin nido, por la seda herida y por un nombre —Andalucía— que no sabe a quién pertenece.

He sentido su lamento como si fuese mío.


Yo, que nací en la nueva tierra cristiana, cuando Granada se ha rendido y la cruz corona los alminares, me crie entre piedras que no hablan mi lengua, pero conservan una belleza que mi alma no sabe despreciar. Las fuentes de la Alhambra siguen cantando aunque los moros se hayan ido. Las yeserías de Córdoba no se apagan por decreto.

Mis abuelos combatieron por Cristo, sí, pero también bebieron agua de acequias que aún llevan nombres árabes, sembraron trigo sobre terrazas moriscas, y tejieron cánticos donde resonaban palabras que no estaban en latín, sino en ese dulce y enigmático árabe que ahora nos mandan olvidar.

¿Quién puede borrar un idioma sembrado en el canto de los pájaros, en el frescor de las albercas, en el beso de los naranjos?


Don Rodrigo: Vos perdisteis el reino ante el invasor sarraceno, mas dejad que os diga: aquellos que entraron trajeron no solo cimitarras, sino también libros, ciencias, filosofía, y una manera de mirar el cielo que iluminó más que mil candelas. Vos caísteis, pero vuestra lengua revivió siglos después. Nadie muere del todo en esta tierra.

Califa Abd al-Rahman: Vos forjasteis un paraíso donde el judío podía debatir con el cristiano, donde el místico sufí escribía junto al filósofo de Toledo. Vuestro imperio de saber y tolerancia ha sido engullido por el tiempo, pero aún brilláis en la nostalgia de los justos. El poema de Darwish os busca. Os nombra sin nombraros.

Majestades Isabel y Fernando: A vos, que restaurasteis la fe cristiana, os confieso que la limpieza del alma no se consigue con hogueras. Entiendo vuestro fervor y hasta me siento heredero de vuestra gesta, mas la prisa por uniformar corazones ha sembrado un silencio peligroso. ¿Es esta la victoria, si las campanas suenan sobre el eco de un llanto que aún no entendemos?


Y a vos, Mahmud Darwish: aunque aún no habíais nacido cuando yo andaba por esta tierra, sabed que vuestro verso cruzó el velo del tiempo y cayó en mi alma como lluvia sobre la cal de mi patio. Vuestro poema no es contra mí, ni contra la cruz, ni contra Castilla. Es contra el olvido.

Yo, que apenas leo y escribo, entendí en vuestras palabras el temblor de un hombre que ama una tierra que ya no lo ama. El dolor de quien vio a su madre hacer las maletas sin saber a dónde volver. Vi también el rostro del judío expulsado junto al moro, del gitano errante, del cristiano de corazón árabe. Todos somos hijos de la misma Andalucía rota.

Isaac Rabin, vos que habéis intentado tender puentes donde sólo hay abismos, sabed que no todos los andaluces celebramos la expulsión. Hay quienes lloramos por lo que no supimos preservar: una patria donde cabía más de un dios, más de un verso, más de una piel.


Señores del más allá:
No os escribo para pedir perdón por lo que no hice, ni para justificar lo que sí hicimos. Os escribo porque he visto en los ojos de los nuevos expulsados —del poema, del presente— los mismos ojos de los antiguos andaluces que partieron hacia el exilio. Lo que hoy llaman historia, mañana será cicatriz.

Tal vez dentro de otros quinientos años, alguien lea Los violines y entienda lo que yo he sentido ahora: que no hay victoria que no traiga también su duelo, y que no hay destierro que no suene a violín quebrado.

Si me escucháis desde ese lugar donde la eternidad se reúne con la memoria, os pido que no permitáis que el olvido borre la música de los pueblos. Ni el nuestro, ni el de ellos, ni el de nadie.

Porque todo lo que se ha amado alguna vez en esta tierra… sigue vivo en su lamento.

Con temor, pero también con esperanza,
y con la frente descubierta,

Juan de la Torre
Cristiano viejo,
hijo de Andalucía,
testigo de su alma mestiza.
Año del Señor de 1500



Carta II — Martín de Aldana, Madrid 2025

📜 Carta de respuesta a Juan de la Torre, cristiano viejo, escrita por un español nacido en 1950
Firmada en Madrid, a 4 de julio del año 2025

A Don Juan de la Torre,
criado de la Sevilla del Quinientos,
escritor sensible y alma fiel,
desde el tiempo que ya no es,
mas aún vibra en la memoria de la tierra.

Señor mío:

He leído su carta —traída por los mismos violines que lloran entre los siglos— con un temblor respetuoso. Su voz, que brota del corazón de una Andalucía ya cristianizada, me llega limpia, sin rencor ni soberbia, bañada en duda humana y gratitud por la belleza heredada.
Y por eso me atrevo a contestarle. No como juez, ni inquisidor del presente, sino como un hombre que nació en libertad tras siglos de miedo, dogmas y prohibiciones, y que no desea volver a vivir bajo el peso de ninguna cruz, media luna ni estrella de David.

Yo nací en 1950, en una España recién salida de una guerra fratricida que enfrentó no solo hermanos, sino credos, ideas, modos de ver el mundo. He conocido la dictadura y también la transición hacia una democracia donde cada hombre —como debe ser— puede creer en Dios o en ninguno, puede amar sin que nadie le señale, puede escribir sin que nadie le borre. He vivido el renacer de una patria rota y, con ello, he aprendido que la libertad no se hereda: se cultiva.


Vuestra carta, señor de la Torre, menciona con respeto y melancolía aquella Al‑Andalus donde las lenguas se trenzaban como las ramas de un olivo. Es cierto: Córdoba no fue solo mezquita, sino también biblioteca. Granada no fue solo fortaleza, sino también poema. Y hay en esas piedras una memoria común, un perfume antiguo que a todos nos pertenece, aunque ya no recemos igual.

Pero permitidme una reflexión, desde este siglo XXI donde los imperios ya no vienen a caballo ni portan estandartes bordados.

Hoy los conquistadores se disfrazan de ideas absolutas, de religiones que no toleran más verdad que la suya, de activismos que castigan al que duda, de tradiciones que esclavizan en nombre de la pureza. Y me preocupa, Juan, que esta libertad que hemos alcanzado con tanto esfuerzo vuelva a ceder terreno ante nuevos dogmas, nuevas ortodoxias, nuevos inquisidores que, aunque vistan de modernidad, actúan como si fuésemos súbditos de nuevo.

En eso —con toda humildad— me siento cerca de aquellos visigodos del siglo VII. ¿Veis?, ellos también desconfiaban de lo que llegaba desde el sur: una fe nueva, una lengua extranjera, una ley que lo abarcaba todo. No digo que no trajeran saberes y luces, como vos mismo reconocéis. Pero se impusieron. Gobernaron. Prohibieron. No pidieron permiso para quedarse, y durante siglos, España fue parte de algo que no eligió.

Hoy, algunos sentimos que, bajo otras formas, se repite el ciclo: ideologías importadas, religiones que exigen privilegios, costumbres que chocan con las nuestras, y sobre todo, el temor —legítimo— a perder aquello que nos hace ser quienes somos.


Yo no deseo una España uniforme, no quiero un país monocorde ni una fe única. Pero tampoco quiero que la historia se repita al revés, ni que la tolerancia se convierta en sumisión, ni que el respeto al otro implique negar nuestras raíces. Porque —como bien decía un sabio del Renacimiento— “no hay paz duradera sin verdad interior”.

Vuestro tiempo vivió la imposición de una sola fe. El nuestro, si no andamos con cuidado, puede acabar siendo rehén de muchas, enfrentadas entre sí, y todas queriendo dominar.


Vos habláis con emoción de Mahmud Darwish, y yo os entiendo. Le admiro también. Porque el exilio, el dolor, la pérdida de una tierra son universales. Pero cuando leo sus versos —tan bellos como inquietantes— percibo algo más que nostalgia: percibo una reclamación, una herida que aún sangra, y que busca, quizá sin saberlo, otra forma de justicia. Y me pregunto, como hombre libre: ¿hasta dónde llega el derecho a recordar, y dónde empieza el riesgo de reescribir?

No soy enemigo de nadie. Pero tampoco quiero que mi patria se convierta otra vez en campo de ensayo de imperios religiosos o sueños identitarios ajenos. Quiero seguir viviendo en un país donde nadie me diga qué debo creer, a quién debo temer, qué historia debo amar. Ni Dios, ni partido, ni clero, ni clamor.


Permitidme terminar con un suspiro parecido al vuestro:
Si algo hemos aprendido en estos siglos es que la convivencia no se decreta. Se riega. Se defiende. Se negocia cada día. Y en ella, la libertad de conciencia es el terreno sagrado que no debe pisar nadie.

Recibid, Juan, mi gratitud por haber hablado con el corazón. Desde este tiempo incierto, os escribo con la esperanza de que las sombras del pasado no nublen la claridad del presente.

Fdo.: Don Martín de Aldana
Catedrático jubilado de Filosofía e Historia
Nacido en la España de 1950
Escribo en Madrid, año de 2025


Esquema comparativo
(711 ‑ 2025 en cuatro pinceladas)

Eje Visigodo
(s. VII)
Andalusí
(s. X)
Católico
(s. XVI)
Español
(s. XXI)
Miedo Reino perdido Cruzadas del Norte Herejías internas Dogmas globales
Esperanza Pacto y conversión Saber & comercio Unidad de fe Constitución & derechos
Lengua Latín‑gótico Árabe‑romance‑hebreo Castellano emergente Plurilingüismo
Religión Cristianismo arriano → católico Islam sunní dominante Catolicismo exclusivo Libertad de culto / ateísmo

Conclusión

Darwish afina un violín para que escuchemos el llanto de los expulsados, pero también nos recuerda que toda victoria deja huérfanos. Juan de la Torre, andando entre incensarios, descubre la herida; Martín de Aldana, respirando democracia, teme su repetición bajo nuevas máscaras.

Entre el 711 y el 2025, la península ha sido taller de identidades y laboratorio de intolerancias. Nuestra lección es clara: ni la tolerancia debe convertirse en sumisión, ni la identidad en cerrojo. Mientras cada uno sostenga libremente su fe (o su duda) y escuche la música ajena sin apagar la propia, los violines llorarán… pero también cantarán.

Que estas dos cartas queden como puente sobre siglos, y que sus ecos inviten al lector a cuidar esa libertad que cuesta mucho afinar y se desafina con un pestañeo de Historia.

Nota sobre derechos y autoría

Esta entrada ha sido escrita y concebida íntegramente por el autor del blog Pentabuelos, a partir de una reflexión personal inspirada por el poema Los violines de Mahmud Darwish y por un mensaje compartido por su amigo Antonio Castillo “Cástulo”.
Las cartas, análisis, personajes y reflexiones aquí presentados son de elaboración propia y totalmente originales. En caso de que algún nombre coincida con personas reales, se trata de una coincidencia no intencionada.

El contenido ha contado con el apoyo de herramientas de inteligencia artificial (ChatGPT de OpenAI), utilizadas como instrumento técnico y estilístico al servicio de una idea y una sensibilidad que son, en todo momento, del autor.

Se han respetado todas las normas de propiedad intelectual, y las citas empleadas se realizan dentro del marco del derecho de cita, con finalidad cultural y sin ánimo de lucro.

Nota final
Esta entrada no habría tomado forma sin el hallazgo del poema Los violines gracias al blog hermano Asamblea de palabras, del escritor y activista cultural Francisco Cenamor. Su sensibilidad al compartir versos como los de Mahmud Darwish encendió en mí una reflexión que ahora queda aquí, entre cartas imaginarias y siglos que aún nos preguntan. Vaya desde Pentabuelos mi reconocimiento y gratitud.


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