12 diciembre 2025

"Moyenmoutier, enero de 1742: un matrimonio entre nieve y esperanza"

 

Capítulo I — Moyenmoutier, invierno de 1742

Días previos y 21 de enero — Matrimonio Dieudonné Jean François Brice & Anne Masson

Moyenmoutier-Lorena, 21 de enero de 1742


I. Días previos al matrimonio

La nieve llevaba tres días cayendo sin preguntar a nadie, tapándolo todo como si quisiera empezar el año desde cero. En Moyenmoutier, eso no sorprendía a nadie: los inviernos llegaban serios, de esos que no admiten tonterías. Al amanecer, la bruma del Meurthe se metía entre las casas bajas de madera húmeda, subía por las chimeneas y envolvía el monasterio como un velo antiguo.

En la calle principal, Dieudonné Jean François Brice caminaba despacio, las manos hundidas en la lana áspera del abrigo. Era un hombre joven, de mirada firme, acostumbrado a trabajar sin quejarse. No tenía tierras que defender ni apellido rimbombante; tenía oficio, tenía familia… y tenía a Anne. Con eso bastaba.

Había pasado la última tarde en casa de los Masson, revisando con su futuro suegro un asunto tan prosaico como decisivo: qué pueden aportar dos jóvenes pobres cuando lo único que traen al matrimonio es voluntad. Jean Georges Masson, hombre de carácter templado, había asentido en silencio.

—Lo que importa es que seáis trabajadores —le dijo—. Y que sepáis sosteneros el uno al otro. De lo demás, ya se encargará Dios… o el invierno, si os descuidáis.

Dieudonné sonrió. Tenía un humor seco, casi imperceptible, pero ahí estaba. Y Anne —siempre con esa serenidad que parecía heredada de generaciones de mujeres resistentes— respondía con una sonrisa limpia, sin artificios.

El pueblo se preparaba para la boda. No habría lujos: un par de hogazas más de lo habitual, vino ralo, alguna gallina sacrificada para celebrarlo y las manos moradas de las vecinas amasando en las cocinas frías. Pero sí habría testigos: Jean Georges Masson, Jean Gérard, Joseph Leclerc y Léopold Adrion, hombres conocidos en Moyenmoutier. Ninguno esperaba grandes discursos: en esta tierra la vida valía más que las palabras.

Lo único que inquietaba a Dieudonné era la firma. Él y Anne sabían escribir lo justo… pero no lo suficiente. Tendrían que estampar la cruz en el registro. Un gesto humilde, casi vergonzante para algunos, pero para ellos era la pura verdad de su origen. Y la verdad, como siempre, pesa menos que las pretensiones.

Aquella tarde, mientras la nieve seguía cayendo, Dieudonné levantó la vista hacia las montañas. Había oído rumores: que Francia necesitaba colonos para proyectos nuevos, tierras lejanas, promesas inciertas. Nadie podía imaginarlo entonces, pero aquel matrimonio —sencillo, helado, sin ostentación— sería el primer paso de un viaje que acabaría a miles de kilómetros, en una tierra dura y cálida llamada Sierra Morena.

Pero eso todavía quedaba lejos. Muy lejos.

II. Retrato íntimo de Anne Masson y su familia

La casa de los Masson quedaba cerca del camino que llevaba al monasterio. De piedra vieja, fría como el humor de enero, y con el tejado aguantando más nieve de la que un tejado decente debería tolerar. Dentro, el ambiente era cálido gracias al hogar y al incesante trajín de las mujeres.

Anne Masson, unos días antes de la boda, cosía en silencio junto a la ventana empañada. Tenía las manos finas pero fuertes, hechas a la vida de taller y granja. Sus ojos, azules y atentos, recogían cada detalle: la escarcha en las vigas, el olor a caldo humilde, el chisporroteo del fuego. Y, detrás de todo eso, esa inquietud que se respiraba en Lorena desde hacía años.

Su padre, Jean Georges Masson, entró sacudiéndose la nieve del abrigo.

—Han vuelto a pasar tropas por Senones —murmuró, casi para sí—. Dicen que van a reforzar el frente del Rin.

Anne levantó la vista.

—¿Van a reclutar más hombres? —preguntó.

Jean Georges encogió los hombros.

—Siempre quieren más. Aunque aquí somos pocos y pobres —respondió, con ese humor lorenés que suena resignado pero en realidad es un muro de piedra—. A los del ducado nos miran como si ya fuéramos franceses, pero solo para lo que les interesa.

En torno al fuego, la madre de Anne movía un puchero.

—Que se lleven sus guerras a otra parte —soltó sin levantar la mirada—. Bastante tenemos con sobrevivir al invierno.

Anne volvió a la costura, concentrada. Había aprendido desde niña a vivir en tierra de nadie: un ducado con un rey polaco, una administración francesa cada vez más metida en todo y la guerra que rozaba los límites del valle. Todo eso empujaba a mirar más allá, aunque todavía no había ningún plan concreto de emigración.

III. La víspera de la boda — Anne & Dieudonné

La tarde caía con un silencio blanco que solo deja la nieve. El pueblo parecía detenido.

Anne salió de su casa con el abrigo bien atado. Dieudonné la esperaba junto al pequeño puente de madera sobre el arroyo, un lugar discreto donde los jóvenes se encontraban.

—Pensé que el tiempo te lo impediría —dijo él con sonrisa tímida.
—Si el tiempo me impidiera verte hoy, sería mala señal para mañana —respondió Anne con risa suave.

Se quedaron en silencio, contemplando la nieve y el agua bajo el puente.

—Anne… mañana empiezan muchas cosas. Solo quiero que estés tranquila. No tengo dinero ni tierras, pero tengo voluntad y tu familia nos apoya. Eso cuenta.
—A mí no me hacen falta tierras. Me haces falta tú —dijo ella.

Él tomó sus manos heladas, ella apoyó la cabeza en su hombro. El viento levantó remolinos de nieve, y las campanas del monasterio marcaron la hora de vísperas.

Ese instante, pequeño y sincero, quedó grabado como el primer paso de su camino juntos.

IV. Mañana de la boda — Doble escena

Casa Brice

La mañana amaneció gris y helada. En la casa de los Brice, el aire olía a madera y pan tostándose.
Dieudonné se lavaba con agua casi helada.
—Hoy te casas, hijo —dijo su madre, firme.
—Lo sé —respondió él con una sonrisa leve.

Su padre, Jean Brice, lo observó:
—El padre Quinn quiere que estemos en la iglesia antes de la hora. No quiero que los Masson crean que llegamos tarde.

Marguerite, la hermana pequeña, comentó:
—Está muy guapa.
Dieudonné intentó disimular la sonrisa… fracasó.

Casa Masson

A la misma hora, en la casa Masson, Anne se preparaba frente a su madre.
—Respira normal, hija, que no te voy a atar como a un barril.
—Quiero que quede bien —respondió Anne.

Jean Georges colocó una mano en el hombro de su hija:
—Hoy es un buen día. Los Brice son buena gente. Sencillos, trabajadores, como nosotros.

Anne asintió, emocionada pero serena.

V. Encuentro en la plaza

La plaza estaba cubierta de nieve. Los Brice llegaron primero; los Masson después. Los padres se saludaron con respeto. Anne y Dieudonné se miraron un instante, tímidos y felices.

Marguerite tiró suavemente del abrigo de su hermano:
—Está muy guapa.
Dieudonné sonrió sin poder evitarlo.

Las campanas del monasterio anunciaron el momento de entrar a la iglesia. Ambas familias caminaron juntas hacia el altar, marcando el primer compás de un destino compartido.

VI. La ceremonia

 

 La iglesia estaba fría, iluminada por velas que daban luz dorada a las piedras antiguas.
El padre Dominique Quinn leyó los nombres completos: Dieudonné Jean François Brice y Anne Masson.
A cada uno le pidió asentimiento. Ambos respondieron “sí”.

El padre ofreció palabras breves:
—El matrimonio no es fácil, pero es bueno cuando se anda con virtud, trabajo y respeto. Hoy unís vuestros esfuerzos para sostener un hogar que será vuestro y de vuestros hijos. Que Dios bendiga este comienzo.

Llegó el momento de firmar: los testigos firmaron, luego Dieudonné y Anne hicieron la cruz en el libro, con gesto firme y humilde.

—Quedan unidos en santo matrimonio —anunció Quinn. Las campanas comenzaron a sonar. Dieudonné tomó la mano de Anne en público por primera vez.

VII. Salida y pequeño festejo

Al salir, el aire era cortante, pero la alegría se notaba. Las madres ajustaron abrigos y mechones de cabello; los padres estrecharon manos.

Hubo pequeños tragos de aguardiente, risas de niños y murmullos de vecinos.

Anne y Dieudonné se apartaron un instante, observando a sus familias.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Mucho —respondió ella—. ¿Y tú?
—Ahora sí.

El día era sencillo, la fiesta mínima, pero la ilusión era grande, limpia y sincera.

VIII. Epílogo íntimo — Casa Masson y nuevo hogar

En la casa Masson, la familia celebró con humildad, pero con los manjares que se reservaban para ocasiones especiales: queso munster, tarta de cebolla, paté rústico y un poco de vino de Alsacia.

Se repartieron platos, recuerdos y anécdotas. Hubo lágrimas furtivas y pequeñas bromas. Anne y Dieudonné se despidieron de sus familias y caminaron hacia su nuevo hogar, una vivienda pequeña con chimenea preparada desde hacía dos días.

Frente al fuego, se sentaron juntos, con las manos entrelazadas, observando el bailoteo de las llamas. La vida fuera podía estar en guerra, pero allí dentro, en aquella habitación humilde, el tiempo parecía detenido.

Así terminó el primer capítulo de su vida juntos.

Nota final para el lector:
Mientras Dieudonné y Anne comienzan su vida juntos frente al calor de la chimenea, la historia de los Brice y los Masson apenas empieza a desplegarse. En los próximos años de la década de 1760, los hijos crecerán, la vida en Lorena seguirá su curso entre trabajo y costumbres, y nuevas decisiones marcarán su destino. Tres años antes de emprender el viaje hacia Saint-Jean-d’Angely, se sentarán las bases de un camino que los llevará más allá de las montañas vosgianas, hacia tierras desconocidas y oportunidades que ni ellos podían imaginar.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Si tienes un comentario constructivo, déjalo aquí.

La Casa

  Recuerdos, risas y silencios de un hogar que fue testigo de nuestra vida Construcción de "La Casa" años 1958-59     Esta es la h...